Según la última encuesta publicada de Dichter & Neira (La Prensa 11 marzo), la corrupción se sitúa después del desempleo como los dos grandes problemas nacionales del momento, duplicando en cuatro meses (12 a 28%) su vigencia en la percepción de las personas. Al mismo tiempo se señala la crisis de credibilidad que azota a los tres órganos del Estado y a los partidos políticos. Esta preocupación ascendente, producto seguramente del impacto de los acontecimientos de los tres últimos meses, tiene su lado positivo pues quiere decir que hay inquietud y que con ello erosionamos la cultura de la normalidad, que nos hace ver como normales los hechos deleznables de las corrupción. Contrario a México, donde según una encuesta es preocupante la percepción sobre la corrupción que existe en el país, ya que el 64% de los mexicanos entrevistados no concibe a la corrupción como un problema grave y el 25% manifiesta que los sobornos los conciben como algo natural, sin importar la ideología del gobierno en el poder, mientras que el 5% considera a la corrupción como un mal menor que, al final de cuentas, ayuda al funcionamiento de la sociedad mexicana. Los(as) panameños(as) estamos situando cada vez con mayor claridad que la corrupción es el abuso autoritario del poder, expresado en las conocidas palabras de Lord Acton según las cuales el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. Claro se refiere a un poder ligado al ejercicio autoritario y excluyente, y no a un poder mirado como servicio a la sociedad. La corrupción significa la acción y efecto de corromper, es decir, alterar, abusar, engañar, pervertir o pudrir. La corrupción política es el uso de los roles políticos y de los puestos públicos con propósitos ilegales o no éticos, para obtener alguna ventaja personal, comúnmente económica. Implica un desvío de los patrones de conducta esperados por los ciudadanos, por parte de quienes ejercen la autoridad u ocupan un puesto público, a efecto de conseguir algo privado no aceptado dentro del ejercicio de ese cargo...La corrupción política se caracteriza porque se subordinan deliberadamente los intereses públicos o comunes a los personales; porque se realiza de manera oculta, salvo que quien la cometa disfrute de gran poder o protección; porque existen obligaciones y beneficios mutuos generalmente pecuniarios; porque se presenta en una relación recíproca en donde uno desea una decisión y otro puede influirla; porque se pretende camuflar con alguna justificación legal; y porque quien la comete, actúa de manera dual y contradictoria: oficial y corruptamente. (Diccionario Electoral 2002 INEP). Ahora bien, que tengamos cada vez más presente que la preocupación por la corrupción no es suficiente, si al mismo tiempo no construimos la manera de combatirla. La misma encuesta señala el escepticismo en cuanto a la puesta en práctica de las recomendaciones de la Comisión Anticorrupción, y también en relación a la labor de investigación del Ministerio Público sobre las denuncias de corrupción en el CEMIS y la ratificación de los dos magistrados. Identificamos el problema, pero no encontramos la solución. Es decir la ciudadanía es dudosa de la viabilidad de las soluciones impulsadas por los órganos del Estado, en los cuales ya no cree. ¿Cómo se recupera la fe perdida? Esa es la pregunta que deberían estar haciéndose las elites políticas, y buscando la respuesta no con subterfugios sino con propuestas incluyentes, y con capacidad de demostrarle al país que es posible cambiar la forma y la esencia del hacer político. ¿Quiénes y cómo se le pone el cascabel al gato? ¿Quiénes y como ponerle el cascabel a la corrupción? ¿Cómo preñar la política de nuevos vástagos con el rostro señalado de valores y solidaridad social? ¿Qué hacer? José Vasconcelos afirmaba en 1929 la necesidad de una conciencia social dinámica: Tenemos que cambiar nuestras actitudes acerca de nosotros mismos y acerca de nuestro país... Tenemos que aprender a creer en nosotros mismos, pues de lo contrario jamás derrotaremos al estancamiento y a la corrupción. Somos una nación rica y a pesar de ello tenemos un pueblo pobre. Somos ricos, pero no sabemos cómo aprovechar nuestra riqueza. Hay que adiestrar a nuestro pueblo, educarlo, darle incentivos. Hay que atacar la estructura política, pues el problema político es la base del problema económico. Lo primero que haré será organizar una campaña para que la corrupción sea declarada antipatriótica, luego empezaré de abajo con educación y de arriba con funcionarios honrados. La apatía y la inferioridad son nuestros peores lastres. |