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ÁNGEL T. VALDEZ M., es escritor y promotor panameño de Desarrollo Humano Comunitario en la Informacion
e-mail: angeltv22@hotmail.com

Cuando el contenido de un concepto alcanza una posición sublime y absoluta, es muy difícil desentrañar las contradicciones que nos permitan apreciar con justeza la transformación necesaria que debe sufrir en esencia ese concepto como resultado del devenir histórico.

Ese es el problema fundamental que se nos plantea en la actualidad con el concepto DEMOCRACIA. Para la mayor parte de las personas, la democracia, es un sistema que está por encima de los intereses particulares, de grupos, de partidos políticos o de asociaciones económicas; es decir, para la inmensa mayoría la democracia es un ideal que hay que alcanzar, es la forma de organización social perfecta donde todos tienen los mismos derechos y gozan de grandes libertades y oportunidades.

En verdad la democracia permite una serie de libertades y de organización social, que hace a esta forma de coexistencia, la más adecuada para una sociedad establecida. Pero, ¿qué factores son los que alteran la estabilidad de una sociedad donde se dice que existe o se está creando la democracia? ¿Por qué en un sistema democrático las desigualdades sociales parecen eternas y peor aún, aumentan? Hemos visto con asombro como en poco más de una década, el mundo se ha transformado totalmente. Los llamados regímenes totalitarios (por oposición a los de libre mercado) colapsaron dramáticamente, y en todo el orbe, con entusiasmo apresurado se proclamó la victoria de la democracia.

La nueva realidad denominada Globalización, consecuencia de los avances científicos, tomó la forma del sistema triunfante; se le dio paso expedito al libre mercado y el neoliberalismo plantó su bandera en los cuatro puntos cardinales. Se había logrado lo impensable dándole oportunidad a la riqueza cabalgar por la faz de la tierra sobre las ondas electromagnéticas del Internet. Esto es lo que proclaman alborozados los grandes centros del poder y la información. Pero la realidad ha mostrado otra cara.

En los últimos años en todas partes del mundo la inestabilidad económica, política y social es lo más característico. Lejos de fluir la riqueza en todas las direcciones, lo que ha aumentado es el número de pobres y miserables. En muchas regiones y países la estabilidad es una quimera. ¿Qué es lo que está fallando?

Es aventurado pensar que un sistema económico surgido, basado y sustentado por una creciente acumulación de riquezas en manos de una pequeña parte de la sociedad, pueda como por arte de magia, cambiar su esencia para transformar el modo de apropiarse la riqueza. Por ello, a pesar de que muchas cosas han cambiado en el mundo, los canales por donde se succiona la riqueza convergen hoy más que nunca hacia los centros de poder económico en el ámbito mundial, con graves consecuencias para las regiones y países del resto del mundo.

La globalización ha favorecido a los grandes países desarrollados que se han organizado en bloques económicos como la Unión Europea y el ALCA encabezado por Estados Unidos, aunque éste último grupo, aún en gestación, peca del sometimiento a la potencia americana. Esto nos demuestra que en el nuevo orden mundial, aquellos países que son poseedores de las más avanzadas tecnologías de punta, dentro de los parámetros del actual sistema económico, seguirán inevitablemente, aprovechándose de un mercado cada vez más amplio que representan los países del resto del mundo, sin que éstos tengan oportunidad de buscar una vía propia para su desarrollo.

De allí que la contradicción entre ricos y pobres en el mundo siga acentuándose. Por un lado la revolución en los avances científicos crea las condiciones para un desarrollo integral de la sociedad y por otro lado, las estructuras económicas y sociales impiden que el avance científico técnico, patrimonio de toda la humanidad, sirva para eliminar la desigualdad mundial.

En este aspecto cuando se habla del auge del sistema democrático en el mundo, nos estamos refiriendo a una forma de democracia que ha sido modelada para garantizar la estabilidad del sistema económico actual. Dentro del sistema económico capitalista, como en cualquier otro sistema, la democracia es la forma más estable de organización social y la que dentro de las limitaciones del sistema ofrece mayores garantías a los ciudadanos. Pero esta forma de organización se agota cuando el sistema económico no responde a los intereses generales de la población.

No se debe pues, confundir, la democracia con el propio sistema que la contiene. La democracia es una forma de gobernar dentro de un sistema. Por ello es correcto hablar de que existe una democracia capitalista, pero es incorrecto plantearse que el sistema capitalista es en sí democrático o es el único en donde se puede construir una democracia, como pretenden algunos abanderados del libre mercado. En todos los sistemas de producción que han existido podemos encontrar diversas formas democráticas de gobernar, por lo que, apartándonos un poco de la etimología de la palabra, podemos decir, que DEMOCRACIA, es aquella forma de gobierno en un sistema socioeconómico determinado que le permite a una mayoría de la población tener acceso a los bienes materiales y culturales producidos por la sociedad.

Si nos atenemos a la definición anterior, cabe señalar que cuando un sistema se estructura de tal manera que el acceso a los bienes producidos se hace cada día más difícil para la mayoría de la población, la democracia como mecanismo de organización de ese sistema, entra en crisis.

En América Latina, a nuestro juicio, el eslabón más débil del sistema económico globalizado, hemos visto con asombro como país tras país, que se abrieron a la democratización y a los ajustes económicos, han caído en una inestabilidad creciente, donde los partidos y clases dominantes tradicionales no han podido sacar a flote su economía, creando justamente el descontento popular. La corrupción dentro de los gobiernos y las grandes organizaciones económicas es enorme y grandes capitales se concentran en pocas manos. Contrario a la opinión de ciertas personas, cuando afirman que tal actitud deplorable es un problema de cultura, de nuestra incapacidad para vivir en democracia y nuestra habilidad para fabricar miserias; pensamos que tales hechos, son la expresión descarnada de un sistema económico que hoy, con las manos sueltas, no tiene reparos en mostrar su verdadera forma de acumular riquezas. Ante tal situación los pueblos se ven obligados a exigir cambios profundos a los gobiernos de turno, si estos se resisten hemos visto como la presión de la masa popular y la opinión pública, de manera rápida y dramática cambian el contexto político de un país. La dinámica de estos cambios es sencilla: un gobierno X (por ejemplo, Perú, Ecuador, México o Argentina) es acusado de ser un gobierno corrupto, se crea una crisis, se hacen elecciones y casi siempre una figura carismática o un grupo de empresarios ganan las elecciones democráticamente. Se abren las anchas alamedas de la esperanza y el bienestar; pero a los pocos meses, suenan otra vez los campanazos de la corrupción o la bruma de la demagogia ahoga la esperanza. Una vez más el pueblo se alza y el país entra en crisis o los electores le pasan la factura en las elecciones al gobierno impopular. Lo más lamentable es que si llega al poder un grupo o una figura popular, cambiando a favor de las mayorías las formas tradicionales de la democracia, es acusado inmediatamente de tendencias totalitarias o populistas, y los grandes poderes económicos, tanto internos como externos lo cercan a tal punto, que frenan el desarrollo de un nuevo proyecto económico y democrático. Este círculo parece repetirse una y otra vez.

Pero a pesar de los cambios o la aparente alternancia democrática, el país sigue igual o peor. ¿Qué significa esto? Significa que hay un modelo de democracia que vertiginosamente da síntomas de agotamiento. Los pueblos exigen cada día más participación y soluciones más concretas para una vida decorosa. Las organizaciones independientes o no gubernamentales se fortalecen, las amplias masas populares están más informadas que hace veinte años y son más concientes de los problemas que le afectan; pero los mecanismos democráticos actuales están lejos de darle solución a estos problemas. La razón es que la forma de vida cambia rápidamente, el mismo sistema de producción ha creado los instrumentos que han revolucionado la convivencia social. La informática y la computación, instrumentos eficaces del mercado, no sólo generan un nuevo nivel de circulación de mercancías y capitales, sino que, han multiplicado los niveles de desarrollo cultural y el intercambio de ideas. Los sucesos mundiales, sociales y económicos se conocen y analizan de manera independiente y con una rapidez asombrosa (recordar la guerra de los Balcanes, crisis China vs. Estados Unidos, Protocolo de Kyoto, etc.) La democracia que surca el éter, no se corresponde con la democracia que viven nuestros pueblos. A pesar de que atravesamos por un desarrollo formidable y vertiginoso de las fuerzas productivas, las estructuras sociales imperantes se han convertido en un obstáculo para que esas fuerzas productivas se abran paso para lograr el desarrollo integral de la sociedad.

La situación actual es sumamente inestable y tensa, semejante a un recipiente hermético lleno de gas caliente que se expande cada vez más. El recipiente es el sistema económico, y el gas, la sociedad organizada democráticamente ( en el mejor de los casos.) Al romperse el equilibrio entre quienes han gobernado y concentrado la mayor parte de las riquezas en sus manos y quienes han sido gobernados; el ambiente se caldea y los mecanismos democráticos (auténticas válvulas de escape) dejan de funcionar. En este punto crítico la actual democracia es incapaz de mantener el equilibrio, se lucha para transformarla, pero como la democracia depende de la estructura económica, debe entonces transformarse el mismo sistema para evitar el colapso.

Hasta el momento no avizoramos ningún indicio de que el sistema económico esté dando muestras de transformaciones profundas en cuanto a la distribución de la riqueza social; al contrario, bloques económicos, organizaciones financieras internacionales y líderes mundiales, se empeñan en mantener el modelo neoliberal con toda sus secuelas de desigualdades. Los propios países desarrollados se pelean ferozmente el mercado mundial, cada polo de poder pretende crear su área geopolítica de influencia en un mundo demasiado pequeño para tanta voracidad. De continuar esta situación, el recipiente estallará produciendo cambios violentos a escala mundial, que aunque sean positivos, en cuanto a la transformación del sistema, para el bienestar de toda la humanidad, será un suceso demasiado doloroso. Todo esto nos lleva a pensar que en los años venideros ocurrirán acontecimientos dramáticos, no tanto como para proclamar el fin de la historia, pero si, para presenciar el fin de una democracia.

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